Y EMANCIPACIÓN NACIONAL Y SOCIAL
DE GÉNERO
1-3).- EVOLUCION FUERA DE EUSKAL HERRIA:
Fuera de Euskal Herria, en los países en donde la fuerza represora de la cultura indoeuropea con su modelo de división y opresión sexual era más fuerte, esta dinámica de exclusión estaba bastante más avanzada. Por los datos disponibles de las formas de contratación asalariada en el siglo XIII en algunos lugares de Inglaterra, por ejemplo, se comprueba que ya era plenamente operativa la segregación por sexos, entre mujeres y hombres, antes de poder acceder a un trabajo asalariado, muy poco valorado socialmente. Mientras que los hombres accedían a los trabajos menos despreciados por el sólo hecho de ser hombres, las mujeres debían contentarse con los más rechazados y los peor pagados. En realidad esta segregación venía de antiguo y también se expresaba en todos los aspectos de la vida social, sobre todo en los más decisivos para la obtención o acceso al poder. Una constante de esta segregación fue y es la de condenar a las mujeres a los trabajados de sirvienta, criada, doncella..., es decir, servicios domésticos de ayuda a la mujer de la casa, quien, a su vez, estaba bajo las órdenes de su marido. Sin embargo, esta "costumbre" por emplear el léxico patriarcal, no desapareció al ir perdiendo importancia el paradigma grecolatino de la economía como administración de la casa patriarcal, que Aristóteles había expresado mejor que nadie, por la irrupción imparable del modo de producción capitalista, que se basa en la producción generalizada de mercancías, o sea, en la ciega ley expansiva del mercado a romper los muros domésticos y a dominar el entero espacio mundial.
Lo que ocurrió fue una adaptación a las nuevas exigencias de la producción exterior, manteniéndose la secundariedad de las mujeres y apareciendo la doble jornada de trabajo. Pero la burguesía respondió por su parte controlando a sus propias mujeres de clase, a la vez que intentaba acercarse lo más posible a la nobleza comprando y adquiriendo mediante matrimonio las mujeres de clase noble que no habían encontrado comprador de su misma clase en el mercado matrimonial. Se fue construyendo así la familia nuclear patriarco-burguesa en la que la mujer realizaba la doble tarea de trabajo pero dentro del taller si este era el negocio de su esposo, y sin salir a vender su fuerza de trabajo a nobles, otros burgueses o campesinos ricos. Por su parte, las mujeres campesinas se veían cada vez más en la necesidad de buscar trabajo asalariado fuera de la casa porque la expansión capitalista arruinaba a los pequeños campesinos, angustia similar a la de las mujeres de los artesanos y aprendices arruinados o fracasados, en proceso que no podemos exponer aquí y que muestra cómo fueron apareciendo diversas formas familiares hasta la patriarco-obrera a finales del siglo XIX y comienzos del XX, antesala de la aparición de la familia monoparental actual. Uno de las mayores mentiras que nos ha impuesto la historiografía penocéntrica es la de ocultar el proceso de formación de las diversas familias dentro del capitalismo. Este proceso está en el fondo de la lenta pero ineluctable desaparición de las diversas familias preburguesas, con efectos sociales terribles crudamente expuestos por la narrativa crítica, por el socialismo utópico y por muchos reformadores sociales incluso conservadores. Pero este proceso es inseparable de otro simultáneo como es el de la aparición de la economía política burguesa.
Pues bien, la formación de la teoría burguesa se realizó silenciando totalmente o peor aún, justificando sin paliativos la opresión de la mujer. Como la totalidad de creadores de esa teoría eran hombres de las clases dominantes, y la inmensa mayoría de ellos querían aumentar su propiedad privada mediante la correcta aplicación de esas teorías, no sólo partían con una concepción patriarcal sustentadora de un pensamiento desde la primera infancia, sino que además, consciente o inconscientemente, estaban objetivamente interesados en el mantenimiento de esa situación por los beneficios de todo tipo que les otorgaba. Sólo a finales del siglo XVII empezó a utilizarse la palabra ovario que terminaría convirtiéndose en la metonimia de la mujer desde inicios del siglo XIX. Quiere decir esto que hasta comienzos del siglo XVIII la opresión de la mujer se sustentaba en una diferencia cultural del género, que no sexual ni biológica que surgió más tarde, cuando la ciencia naciente asumió la ontología, axiología y epistemología penocéntricas. La obra maestra que expresa y resume esta evolución -la Enciclopedia- refleja esa mentalidad patriarcal en la pluma misógina de Rousseau (1712-1778). Los enciclopedistas dieron nueva legitimidad a la opresión de la mujer al no cuestionar su existencia y al elaborar una concepción exclusivamente masculina de la sociedad burguesa. A su amparo ideológico, la burguesía triunfante norteamericana en 1783 no tuvo ninguna consideración para con los derechos de la mujer, y la burguesía francesa triunfante en 1789 no dudó en pasar por la guillotina a las dirigentes feministas que se habían atrevido a reclamar sus derechos.
En las zonas europeas en las que era más acentuada e intensa esa transformación, las clases dominantes respondieron con las mismas inquietudes y, en esencia, con las mismas contradicciones. Dependiendo de sus peculiaridades históricas, las burguesías ascendentes dieron nombres diversos a un pensamiento teórico que empezaba a formarse, y dependiendo de su mayor o menor desarrollo capitalista potenciaron más o menos determinadas problemáticas. No es casualidad, en este sentido, que en Gran Bretaña surgiera la economía política en su sentido fuerte y, por su historia de lucha de clases y de opresión nacional, se expresara en el concepto burgués de sociedad civil; tampoco es casualidad que en el Estado francés, esas inquietudes se expresaran en la teoría política del Estado jacobino ultracentralizado con su terminología de nación burguesa, y, tampoco es sorprendente que en Alemania lo fuera mediante la filosofía política como expresión de la sociedad burguesa que construía su Estado de clase. Pero tres son las características que se repiten en este proceso independientemente de sus zonas geográficas de materialización, una, la defensa de la propiedad privada de los medios de producción y en especial la defensa del derecho de la clase propietaria a apropiarse de la mayoría del excedente social o plusproducto social realizado como la fuerza de trabajo social; otra, la demostración "científica", que no sólo cultural y tradicional, de la superioridad biológica del macho sobre la hembra y, la última, la demostración "científica" de la superioridad de la "raza blanca" sobre las demás.
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